En uno de sus últimos versos, Andrés Barros dijo que quería morir en la tierra que lo vio nacer

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Y la vida le dio esa oportunidad. El lunes 22 de junio de 2020, cuando el sol ya se había puesto, cerró sus ojos en su amada Barrancabermeja producto de una afección respiratoria de la que ni él mismo era consciente.

Los galenos que lo atendieron declararon que padecía de neumonía en ambos pulmones, además de una afección por tuberculosis. Horas antes de morir tuvo alientos para profesar en sus redes sociales la fe con la que esperaba su recuperación, una que no llegó y que puso de luto al folclor vallenato en cada rincón del país.

Amigos, compañeros, colegas y artistas de todo el territorio nacional lo despidieron como se debe despedir a un doble rey vallenato: verseando. En su biografía quedará que el gran Festival de la Leyenda Vallenata lo coronó Rey de la Piqueria en 1995 y 2014, algunos de sus incontables logros que siempre compartió con su pueblo barranqueño en cada Festival de Acordeones, en cada calle alegre y risueña que hoy lo llora y que espera poder darle el último adiós como como se le ha dado a los grandes juglares que han partido: con una multitudinaria parranda vallenata que dure lo que dura la eternidad.

Andrés Felipe Barros Méndez, hijo de Barrancabermeja desde hacía 48 años, murió en medio de una pandemia. Sus problemas respiratorios lo hicieron candidato para ser portador del virus Covid-19, por lo que le fue tomada una muestra con un resultado hasta hoy desconocido.

Los protocolos médicos obligan a que su cuerpo tenga que ser incinerado sin que a su lado se escuchen los acordeones y los versos que lo acompañaron durante toda su vida, que tantos triunfos le dieron y que lo hicieron grande, tan grande como la tristeza que hoy embarga al folclor vallenato.